El tendedero

martes 24 de enero de 2012

Los códigos de la nulificación

Cada tanto, cuando la sociedad avanza impulsada por mujeres y hombres decididos a ver y a entender la perspectiva de género en la justicia, sucede algo que nos hace recordar que aún hay mucho por hacer. Que aun falta construir conceptos que redefinan y esencialmente que nos ayuden a hablar un mismo idioma de derechos para las mujeres y los hombres, en la administración de justicia que considere la realidad –que no se refleja ni advierte en la que las leyes- pero que sí inciden en la vida diaria.
No en vano gran parte de los recursos que anualmente se destinan a la “transversalización”, están precisamente orientados a la armonización de leyes y a la formación de jueces y magistrados en género que buscan esencialmente ver y entender la realidad de la vida de las mujeres. Algo que ha sido analizado y estudiado desde la teoría de análisis crítico feminista hasta distintas disciplinas que les podrían ayudar –a los juristas-¬¬ a entender el proceso de despersonalización en el que viven muchas mujeres y en general víctimas de la violencia de género o de trata. Ahí están los síndromes indentificados como el de “estocolmo” que ayudan a entender esa relación perversa y nulificante de la víctima frente a su agresor. Utilizo aquí el concepto que he ido explorando de “nulificación” porque socialmente ayuda a comprender mejor por qué una persona puede aceptar vivir bajo condiciones de maltrato, tortura sicológica y física, humillaciones y vejaciones de todo tipo y mantenerse junto a esa persona que los prodiga, por un supuesto vínculo amor-odio en el que predomina la ausencia de un valor propio que haga –a la víctima- verse con posibilidades de mejores condiciones de vida.
El proceso es muy complejo y no en vano es un término que hemos ido tejiendo y definiendo desde distintas teorías y continuaremos perfilando para conceptualizarlo de manera más clara, pero la realidad nos da múltiples ejemplos que fortalecen la propuesta: muchas de las mujeres violentadas reproducen el discurso patriarcal que las nulifica, desde el término más simple de decir “él dice que yo no valgo nada sin él”, hasta complejas formas que entrañan al sistema jurídico de un país, cuando nos dicen: “si lo denuncio no pasa nada, a mí me piden que yo pruebe la violencia”; o en el caso de las víctimas de violencia sexual: “me preguntaron porque no fui a denunciar inmediatamente y por qué me bañé”, aun más hay otros casos como el de las mujeres que se defienden acusadas de homicidio –numerosos casos- en los que a pesar de que vivían bajo violencia cotidiana, esto no se considera y son procesadas de manera rápida bajo el argumento “si estaba alcoholizado y se presentó con un cuchillo, dejó de representar una amenaza para la mujer cuando ella logró desarmarlo”. La realidad es así a la hora de la justicia para las mujeres. Pero esto no son sino precisamente los códigos de la nulificación desde el sistema mismo.
¿Qué valor puede tener la vida de una mujer si en opinión de los jueces su agresor no merece ningún castigo y se le libera? El mensaje es grave, sobre todo en una sociedad machista-patriarcal y deformadamente hegemónica como lo es la mexicana.
El mejor ejemplo es el fallo emitido por el Tribunal de Circuito Colegiado Federal que otorgó el amparo al no encontrar pruebas suficientes de la culpabilidad a un hombre que fue acusado por el homicidio de su esposa. Los hechos simples fueron así: el cuerpo de la mujer es llevado al hospital, donde desde su ingreso se reporta que llega fallecida a causa de septicemia por lesiones internas; su esposo alega que ella pidió no ser llevada al hospital tras caerse tres veces de las escaleras, luego de haberse cortado las manos lavando unos platos. Negligencia la hubo al menos. Pero durante las investigaciones se fortalece un caso de tortura física y sicológica que el Ministerio Público documenta y presenta apelando a que los jueces “vean” los escenarios de prueba, del que el mejor testigo es el cuerpo torturado de la víctima.
El mensaje que se construye a partir del fallo en el que el sistema judicial local defiende el derecho a la “presunción de la inocencia” del esposo es precisamente de nulificar los derechos de la mujer fallecida, en todo momento el discurso se articula a partir de los “derechos humanos” que le conceden al hombre su “derecho” a una defensa justa y que apele a que no la asesinó directamente, es decir no utilizó un arma, no le disparó, no le enterró un cuchillo y no hay pruebas suficientes de que él la haya empujado por las escaleras. El cuerpo de ella, sin embargo, habla, (otra vez ese tan reíficado cuerpo femenino) que presenta huellas de tortura y fueron documentadas por el ministerio público en fotografías, pero también de cartas, diarios, cuadernos en los que la víctima escribía el tormento que vivía. Entonces saltan otros mensajes que quedan sobre la mesa ¿cómo es posible que nadie haya denunciado las condiciones en las que vivía esta mujer? ¿Cómo es que ella no pidió ayuda?
Hubo otro caso, el de una mujer que afortunadamente salió con vida, liberada por la policía que acudió por el llamado de una vecina cuando se percató que en el interior de la vivienda la víctima estaba encadenada y había sido torturada con ácido en los pies. No estamos hablando del medio oriente, sino de una mujer en el estado de Campeche, México.
Este último caso sólo lo menciono para tener una idea de las formas de violencia que a diario viven las mujeres en este país, en el caso de la mujer fallecida, pese a las pruebas testimoniales el criterio jurista permitió determinar que “no hubo delito” y se otorga el amparo por el derecho que le corresponde al acusado. Y la voz de la mujer queda acallada, la negligencia mínima probada por no llevarla al hospital no es razón suficiente para acusarlo de homicidio, a criterio jurídico. El mensaje es claro “ella no es nada”, es decir la suma y a la vez la reducción de la esencia misma de la nulificación femenina. Esa voz que a diario repiten las mujeres que se ven a sí mismas en condiciones de sumisión, abusadas y violentadas y sin posibilidad de salir “yo sin él no soy nada” pero es una conclusión a la que llegan por todos los códigos a su alrededor, por todos los mensajes construidos a partir de los medios masivos, de la publicidad, el sexismo en el lenguaje, los discursos políticos, la cosificación y las leyes o la perspectiva de quienes la administran.
La familia de la víctima seguramente buscará apelar, aunque sus posibilidades de lograr algo más son “nulas” ante la advertencia del sistema jurídico de basarse en “el derecho fundamental a la defensa justa”. En una sociedad en la que las mujeres saben de antemano que ir a denunciar implica afrontar a un sistema que no las ve o las cree responsables de permitir todas las formas de violencia contra ellas.

domingo 8 de enero de 2012

CUARTO PODER


El inconsciente femenino, la agenda pendiente.

Argentina Casanova

1.-El Patriarcado y sus tabúes exclusivos para las mujeres

Si en algo ha sido bueno el patriarcado es en la sutil forma de dominación hacia las mujeres, que no es sino el mismo esquema de control dicotómico poderoso-débil, que para perpetuarse se encarga de convencer y generar las condiciones para que quien se encuentra en la condición de débil ofrezca y garantice sumisión mediante una inextricable sistema de enseñanzas y aprendizajes que facilitarán su permanencia en el rol de inferioridad-sumisión-debilidad.

En el caso de las mujeres, no sólo las ha convencido a lo largo de siglos que la mayor gracia y dicha que puede tener es conseguir un “buen marido” sino que las ha llevado al punto de entender ya como bueno el simple hecho de ser “hombre”, convenciéndolas de que son ellas las que han de hacer todo para tenerlo, retenerlos, merecerlos y ganarlos, incluso renunciando a sus derechos, al respeto a sí mismas y a dejar pasar sutiles y complejas formas de violencia emocional, patrimonial, sexual y física, renunciando a ellas mismas. Al punto llega tal desdibujamiento del inconsciente femenino que son ellas quienes se ofrecen como productos o “cosas”, desde la edad temprana mostrándose como encantadoras lolitas hasta el punto de ofrecerse ellas mismas como cosas –reificación- en mercado de remate pasando de la subasta pública familiar del festejo de la edad de la pubertad, hasta pasar por patrones, modelos ideales a copiar y reproducir para cumplir expectativas a mostrar a través de páginas de citas en una absoluta renunciación a su ser individual y humano.

Alcanzar esto ha sido sencillo para el patriarcado, se apoya en los tabúes exclusivos para las mujeres tales como: que ellas jamás han de ser las que demanden, o tengan claro lo que quieren para ellas y sus vidas o establezcan límites, de hacerlo pasan a ser las mujeres castrantes que osan tener voluntad y criterio propio. En términos de Anne Skitekate, “¿Su destino no consiste más que en seducir que en existir? De ahí que a los cuarenta años se les presente con el corte cruel que separa sus vidas la seducción y la declinación”. Frase que en sí entraña otro de los tabúes del patriarcado para las mujeres en las sociedades occidentales concediéndole valor exclusivo a la lozana juventud y los parámetros dictados por el modelo de belleza occidental tales como la talla, la altura, el color del cabello, los ojos, las medidas corporales, que ha llevado a muchas mujeres a formas de mutilación similares a la ablación africana, en lo que se refiere a cirugías dolorosas solo para alcanzar un “patrón” de belleza. Una vez más me recuerda el mercado de carne en el que se le da valor a la “vaca” con base en su volumen y su apariencia. Con la diferencia que las vacas no se llevan a sí mismas a los anaqueles de venta.

2.-La nulificación femenina

El año pasado en una conferencia impartida en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Yucatán, expuse la exploración de un concepto que distinguía de la “cosificación” y que es el de la “nulificación”, identificándolo como una característica más agresiva del patriarcado en sus formas más radicales y consolidadas por el machismo moderno. La frase constante de muchas canciones que las propias mujeres cantan en los sitios de reunión público, frases cotidianas, refranes, dichos, construcciones culturales que se reflejan a través del sexismo en el lenguaje que ya de por sí ha invisibilizado a las mujeres al punto de suprimirlas de identidad con el falso genérico “hombre” como sinónimo de persona.

Pero la nulificación, concepto un poco más desarrollado en esa conferencia y otras intervenciones, está imbricado en el decir femenino que no hace sino reproducir el discurso patriarcal cuando dice “yo no soy nada” o “él me decía: tú no vales nada, no eres nada sin mí”, tan constante y mencionado en las declaraciones que las mujeres que viven violencia dan ante los ministerios públicos que no encuentran explicación –estos últimos- del por qué las mujeres no pueden salir de esos círculos de violencia, cuando ni siquiera se dan cuenta de la reproducción de esa negación del ser en el propio dicho para exponer las agresiones.

Las formas de violencia son precisamente la intención de convencer a las mujeres de lo que el hombre patriarcal y machista piensa de ellas, hacerlas creer lo que ellos tienen para decirles “no eres nada”, “eres una mala mujer”, “eres estúpida”, y que han encontrado eco precisamente en millones de mujeres que asumen esos discursos como tablas de medida de sus propias vidas, en tanto que aquellas que osan hacer caso omiso al discurso parámetro simplemente no existen y no hay discursos alusivos a ellas o se ubican al otro extremo en la “mujer mala”.

La palabra, en términos de Mihaíl Bajtín, no es inocente se enuncia con todo el peso social de quienes la han enunciado antes, por eso cada vez que la sociedad utiliza la palabra “puta” para ofender está reproduciendo toda una intención social y cultural de hacer ya no de la condición de quien ofrece servicios sexuales sino de equiparar la palabra a sinónimo de mujer mala, la que se sale del parámetro de mujer buena que cumple con el decálogo de requisitos fijados por el patriarcado para ser una “mujer ideal”, la que está no se concibe ni se visualiza en posible condición de superioridad frente a los varones.

3.-La construcción de un nuevo femenino

Simultáneo al nuevo discurso feminista ha surgido un discurso opositor que supone forzosamente una defensa del “hombre” frente a los embates de la teoría crítica feminista y la teoría de género, incluso de la teoría Queer, pero afortunadamente también hay una corriente autodenominada de “nuevas masculinidades” que visualiza desde el género masculino las pérdidas que les ha tocado vivir, las deificaciones propias a su género y las camisas de fuerza impuestas como pérdida de derechos que ni consideraban como propios para los hombres. Es aquí donde el discurso de la construcción de un nuevo ser femenino muestra que para muchos hombres esto también supone la de un nuevo ser masculino, basado en la exploración de sus alcances e intenciones sin los prejuicios sociales construidos sobre el deber ser para el hombre.

Pero ese es otro tema, y el que me interesa como investigadora de la violencia hacia las mujeres se centra pues en la construcción de un femenino que implique condiciones diferentes de vida. Comparto esta reflexión surgida a partir de los puntos sobre los que habré de trabajar durante este año a partir de experiencias cotidianas; no se puede ir a hablarles a mujeres de la prisión que lo han perdido todo por sus relaciones invisibilizantes y nulificantes con varones, sin asumir desde lo individual el compromiso de esta construcción del yo femenino con todas sus consecuencias, con las implicaciones que conlleva. Es a partir de entender el respeto hacia nosotras mismas en todas sus formas posibles como la única forma de mantener el tránsito hacia esa sociedad más justa para todas las mujeres, a comulgar la sororidad como una forma de vida más allá de los prejuicios y convencionalismos a las que estamos acostumbradas, a comprometer el respeto a otra mujer como si de mí misma se tratara, aun a pesar de que para muchas es un concepto desconocido y aún por descubrir y aprender.

Ya lo plantea Skitekate en su libro “El silencio de Yocasta”, cuando dice: “La posibilidad de crear nuevos significantes equivale precisamente, en la óptica lacaniana, a suponer la posibilidad de modificar el inconsciente”. Y es más precisa cuando dice “Su sumisión (de la mujer) y su docilidad eran cualidades de oprimido atribuidas también al negro bueno obligado a ser hipócrita”, de ahí que las que elijan no ser sumisas o gocen a plenitud su éxito profesional sean las mujeres incómodas de este siglo para el machismo arraigado en el mundo entero.

Estos y otros conceptos serán los que inevitablemente estaremos desarrollando a fuerza necesaria de entender la realidad actual que insiste en ser desigual para las mujeres en la mayoría de los países del mundo.

jueves 10 de febrero de 2011

Feminicidio

Por Argentina Casanova.

Se denomina violencia feminicida a toda acción u omisión que constituye la forma extrema de violencia contra las mujeres, producto de la violación de sus derechos humanos y que puede culminar en homicidio u otras formas de muerte violenta de mujeres.

En el estado de Campeche, contabilizados de manera simple, en lo que va de este año se han registrado 6 homicidios de mujeres, que, por sus características, condiciones, relaciones entre el agresor y la víctima pueden ser considerados como “feminicidios”. Aunque la palabra remite a la mayoría de las personas a las “muertas de Juárez”, lo cierto es también están ocurriendo en el estado, al menos en lo que en el sentido más estricto se refiere y considera desde la teoría feminista como feminicidio.



Por principio, Marcela Lagarde, teórica feminista mexicana propuso el uso de la voz “feminicidio” para denominar así al conjunto de hechos de lesa humanidad que contienen los crímenes y las desapariciones de mujeres.

El feminicidio es el genocidio contra mujeres y sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales que permiten atentados contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de las mujeres, tales como los usos y costumbres que alientan y permiten la discriminación de las mujeres y niñas.

“En el feminicidio concurren en tiempo y espacio, daños contra mujeres realizados por conocidos y desconocidos, por violentos, violadores y asesinos individuales y grupales, ocasionales o profesionales, que conducen a la muerte cruel de algunas de las víctimas. No todos los crímenes son concertados o realizados por asesinos seriales: los hay seriales e individuales, algunos son cometidos por conocidos: parejas, parientes, novios, esposos, acompañantes, familiares, visitas, colegas y compañeros de trabajo; también son perpetrados por desconocidos y anónimos, y por grupos de delincuentes ligados a modos de vida violentos y criminales”, esto con base en el documento del Acuerdo para la creación de la Junta de coordinación política, por el que se crea una comisión especial para conocer para conocer y dar seguimiento a las investigaciones relacionadas con los feminicidios.

Para que sea considerado un feminicidio, es preciso que el asesinato haya sido cometido bajo un contexto en el que las mujeres “son usables, prescindibles, maltratables y desechables. Y, desde luego, todos coinciden en su infinita crueldad y son, de hecho, crímenes de odio contra las mujeres”.

Hay feminicidio cuando el Estado no da garantías a las mujeres y no crea condiciones de seguridad para sus vidas en la comunidad, en la casa, ni en los espacios de trabajo de tránsito o de esparcimiento, cita el propio documento, “más aún, cuando las autoridades no realizan con eficiencia sus funciones. Por eso el feminicidio es un crimen de Estado”.

Para que se dé el feminicidio concurren de manera criminal, el silencio, la omisión, la negligencia y la colusión de autoridades encargadas de prevenir y erradicar estos crímenes, esto se traduce en colonias, unidades habitacionales, calles y parques que se convierten en espacios de riesgo para las mujeres, espacios públicos que las mujeres han dejado de frecuentar o que representan un peligro para su integridad por exponerse a “manoseos”, insultos, acosos y por último y más grave los homicidios.

Los nombres están ahí, se han publicado en el estado en notas informativas, las más recientes se tienen tal vez más fresco en la memoria por su condición tan grave y que produce miedo, enojo, frustración y coraje en las mujeres que leen la noticia con la conciencia de que otras mujeres y niñas pueden estar expuestas a sufrir lo mismo.

También obliga a pensar en el sufrimiento de la menor, en la alevosía, en la ventaja que nos preguntamos si serán considerados a la hora de juzgarlo, si se le juzgará por violación y homicidio pues no está tipificado en el estado la figura del “feminicidio” a pesar de que está ocurriendo.

Para algunas personas en el estado de Campeche no hay feminicidios, se cree que el homicidio de una mujer a manos de su compañero no lo es, que una niña aterrorizada sea acuchillada con suma crueldad y la comunidad con las autoridades no puedan intervenir sino hasta que el asesinato ya se ha cometido, se piensa que el que una mujer de la tercera edad sea asesinada y no haya ningún responsable eso no es feminicidio, como también se ignora que la omisión en la atención oportuna y efectiva para prevenir las muertes maternas y/o la muerte de una mujer que se practica un aborto en condiciones seguras deriva en la muerte no es una forma de feminicidio alentada desde el propio Estado por no tener la capacidad de garantizar la vida y las condiciones de seguridad a las mujeres y las niñas.

Campeche ocupa junto a otros seis estados los primeros lugares en niñas y adolescentes que se identifican a sí mismas como violentadas, esto con base en la información de la Secretaría de Seguridad Nacional.

Pero también hay que considerar que los asesinatos y violaciones están ligadas a la falta de espacios seguros para las niñas por madres trabajadoras, sensibilidad en guarderías y estancias, escuelas con horarios que exponen a las niñas y adolescentes al no ofrecerles transporte y otros beneficios.

La realidad nos exige considerar la tipificación del feminicidio, al menos como medida para desalentar los homicidios de mujeres a manos de sus familiares y/o en las condiciones que suponen intencionalildad de causarles daño por su condición de mujeres. Tienen nombre, tienen rostro y son feminicidios, aunque aparezcan en los diarios como otro caso de “sujeto que asesina a su amasia” o títulos parecidos.

La esclavitud moderna

Por Argentina Casanova.

Nada más actual que la esclavitud, igual que ayer que tanta vergüenza nos causa, hoy día y bajo otros conceptos adaptados a las realidades y con las nuevas víctimas vulnerables por su condición, la esclavitud es más moderna y actual que nunca. Quizá menos visible tal vez que cuando las personas eran retenidas mediante cadenas y grilletes en los pies, o cuando se elegían por el color de su piel o el origen de sus pueblos, pero es tan latente que sorprende cómo se reproduce con la misma facilidad.
Mucho puede decirse del tema, desde que por su posición geográfica México es un país de fuente, tránsito y destino de la trata de personas, que lo mismo son de grupos étnicos de la misma nación, que de otras, o mujeres y niños y niñas migrantes, incluso hombres adultos, jóvenes y ancianos que son explotados por su condición de vulnerabilidad.

Si queremos sentir vergüenza, basta decir que las cifras oficiales indican que al menos hay 20 mil niños y niñas mexicanas que son víctimas de la explotación. Según el gobierno, se origina por la trata cada año, especialmente en zonas fronterizas y turísticas. La mayoría de las víctimas tratadas en el país son extranjeras, especialmente para la explotación sexual comercial son provenientes de América Central, particularmente Guatemala, Honduras, y El Salvador; la mayoría para tránsito, en el camino a los Estados Unidos y, en un grado inferior, a Canadá y a Europa occidental.
El tema no tiene fondo, apenas hace unos días la Procuraduría General de Justicia del Estado confirmó la detención de tres personas que tuvieron en situación de explotación a un joven de la comunidad de Reforma Agraria, a quien no solo golpearon, ataron y obligaron a vender droga, sino que además le restringían los alimentos y obviamente su libertad. Y no terminamos de recuperarnos de la noticia cuando nos llegan datos de la liberación de al menos 50 migrantes que se encontraban prácticamente esclavizados en un estado del centro-norte del país.
Y las notas así van llenado los diarios, mujeres rescatadas con sus niños que habían sido explotadas, mujer que trabajaba haciendo tamales para una pareja en el Distrito Federal, a la que prácticamente tenían esclavizada, la golpeaban, la explotaban y amenazaban con quitarle a su hijo. Y todas tienen algo en común, sin excepción: la terrible y repugnante crueldad de unas personas hacia sus pares.
No cabe duda que sólo la especie humana es capaz de procurar sufrimiento y esclavitud a sus otros pares, si lo hace con los animales no racionales, cómo no iba a sentirse en derecho de hacerlo con otras personas.
Hace años se abolió la esclavitud y cuando se decretó que era ilegal hubo mucha gente que se oponía por la comodidad que significaba tener un “esclavo” o “esclava”, imagínese la enorme tentación de tener a una persona que fuera de nuestra propiedad para hacer y decidir sobre su vida sin que pudiera opinar ni decir nada, demasiado tentador como para no ceder, y ahí están grandes personas de la historia que tuvieron esclavos o esclavas como servidumbre no obstante que fueran de ideas progresistas, liberales y de igualdad, claro pero no para quienes eran sus esclavos.
La realidad es que la sola idea de tener a una persona que no puede ejercer su libertad ni autodeterminación, el solo imaginar la situación como eran arrancados de sus pueblos las mujeres y hombres africanos, como más tarde se lo hicieron a los nativos mayas que fueron prácticamente devastados justificándose en la necesidad de controlarlos luego de la Guerra de castas, cuando eran sacados en barcos con rumbo a Cuba hasta donde eran llevados como esclavos y utilizados para sacar perlas de las aguas del Caribe. Una historia oprobiosa de un México que aún hoy hace exactamente lo mismo aunque con otros fines, ahora se les explota en el campo, en las fábricas, en las maquiladoras y en los burdeles como esclavas sexuales.
La realidad es la misma, la esclavitud es quizá la más moderna de las formas oprobiosas, la más constante y ahora quizá es peor porque en los siglos pasados se tenía la justificación de la ignorancia, amén de que no habían leyes que prohibieran la esclavitud sino que la alentaban por considerarla normal.
Hoy día hay leyes que la prohíben, hay protocolos internacionales que la exponen y hay numerosas organizaciones que encabezan movimientos en contra de la trata de personas, y en cambio en algunas regiones prácticamente no se hace nada o no se previene al menos. En el estado de Campeche, de acuerdo con la encuesta del Observatorio de Violencia Social y de Género en Campeche al menos el 8% de las mujeres encuestadas no sabe que la compra, venta, explotación o tráfico de personas es un delitos, y o no lo considera un delito.
Esto nos hace pensar que quizá el derecho consuetudinario se ha confundido un poco en las comunidades rurales donde esto se ha arraigado, principalmente entre las personas de más edad a quienes les cuesta un poco más reconocer este delito, pero es también responsabilidad de las autoridades asumir la parte que les corresponde con la prevención de la comisión del delito y la información.
No es justificación decir que no se sabe, pero también hay que tomar en cuenta que muchas personas han normalizado la violencia en sus vidas al punto de no considerarse víctimas en situaciones extremas, y esto también puede suceder en formas de esclavitud moderna, de aislamiento y de confinamiento de las mujeres a espacios reducidos, alejadas de sus familias y a quienes les prohíben una vida común y en convivencia con otras personas, sólo porque sus esposos no se los permiten.
México tiene un enorme reto en la trata, en la esclavitud moderna que tanto aqueja, en uno de los delitos que más vergüenza nos debe dar como sociedad porque es inaudito que hoy día se siga cometiendo, que sigan descubriéndose casos de mujeres encerradas y aisladas por años, de personas que padecen de la crueldad de quienes se consideran humanos, porque eso nos hace pensar realmente si lo que nos hace humanos es precisamente el grado de odio que podemos sentir por nuestros pares al grado de procurarles tratos indignos.